Reflexiones sobre evolución. N17

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Objetivo de esta página

En 1981 el paleontólogo Stephen Jay Gould publica La falsa medida del hombre, una crítica de los métodos y motivaciones en los que se basa el "determinismo biológico", la creencia en que «las diferencias sociales y económicas entre los grupos sociales humanos, principalmente las razas, clases sociales y los sexos, tienen un carácter hereditario y, por lo tanto, son un reflejo exacto de la biología». A continuación se propone un texto para el debate. Los alumnos discutirán sobre el mismo en la pestaña "discusión" asociada a esta misma página. Conforme vayan discutiendo y llegando a acuerdos, irán escribiendo una reflexión colaborativa en el apartado "reflexiones de alumnos".

Texto a debate

La falsa medida del hombre

Stephen Jay Gould

Cita inicial del libro

“Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza, sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado”. Charles Darwin, El viaje del Beagle

Planteamiento del problema

A lo largo de la historia se ha invocado con frecuencia la razón o la naturaleza del universo para santificar las jerarquías sociales existentes presentándolas como justas e inevitables. Las jerarquías solo duran unas pocas generaciones, pero los argumentos, retocados para la justificación de cada nueva ronda de instituciones sociales, circulan indefinidamente. […] El propósito de este libro es examinar el argumento del […] determinismo biológico, o sea, la tesis de que los miembros de las capas bajas de la sociedad están hechos con unos materiales intrínsecamente inferiores (ya se trate de cerebros más pobres, de genes de mala calidad, o de lo que sea). Una propuesta que […] Platón lanzó en La República, si bien con mucha cautela y, al fin y al cabo, presentándola como una mentira.

Biología y naturaleza humana

Si la gente es genéticamente tan similar, y si todas las tentativas anteriores de elaborar una explicación biológica de los hechos humanos no han reflejado la naturaleza, sino los pre-juicios culturales, ¿entonces la biología no tiene nada que aportar al conocimiento de nosotros mismos? ¿En el momento de nacer, somos, después de todo, aquella tabula rasa que imaginaron los filósofos empiristas del siglo XVIII? Como biólogo evolucionista no puedo aceptar semejante posición nihilista sin renegar del descubrimiento fundamental de mi disciplina. El mensaje principal de la revolución darwiniana a la especie más arrogante de la naturaleza es la unidad entre la evolución humana y la de todos los demás organismos. Somos parte inextricable de la naturaleza, lo que no niega el carácter único del hombre. «Nada más que» un animal es una afirmación tan falaz como «creado a imagen y semejanza de Dios». ¿No es simplemente orgullo sostener que Homo sapiens es especial en cierto sentido, puesto que, a su manera, cada especie es única? ¿Cómo elegir entre la danza de las abejas, el canto del rorcual y la inteligencia humana?

Las repercusiones del carácter único del hombre sobre el mundo han sido enormes porque han introducido una nueva clase de evolución que permite transmitir el conocimiento y la conducta aprendidos a través de las generaciones. El carácter único del hombre reside esencialmente en nuestro cerebro. Se expresa en la cultura construida sobre nuestra inteligencia y el poder que nos da para manipular el mundo. Las sociedades humanas cambian por evolución cultural, y no como resultado de alteraciones biológicas. No tenemos pruebas de cambios biológicos en cuanto al tamaño o la estructura del cerebro desde que Homo sapiens apareció en los registros fósiles, hace unos cincuenta mil años. (Broca estaba en lo cierto cuando afirmaba que la capacidad craneal de los hombres de Cro-Magnon era igual o superior a la nuestra). Todo lo que hemos hecho desde entonces —la mayor transformación que ha experimentado nuestro planeta, y en el menor tiempo, desde que la corteza terrestre se solidificó hace aproximadamente cuatro mil millones de años— es el producto de la evolución cultural. La evolución biológica (darwiniana) continúa en nuestra especie; pero su ritmo, comparado con el de la evolución cultural, es tan desmesuradamente lento que su influencia sobre la historia de Homo sapiens ha sido muy pequeña. En el tiempo en que el gen de la anemia falciforme ha disminuido de frecuencia entre los negros norteamericanos, hemos inventado el ferrocarril, el automóvil, la radio, la televisión, la bomba atómica, el ordenador, el avión y la nave espacial.

La evolución cultural puede avanzar tan rápidamente porque opera —a diferencia de la evolución biológica— al modo «lamarckiano», mediante la herencia de caracteres adquiridos. Lo que aprende una generación se transmite a la siguiente mediante la escritura, la instrucción, el ritual, la tradición y una cantidad de métodos que los seres humanos han desarrollado para asegurar la continuidad de la cultura. Por otra parte, la evolución darwiniana es un proceso indirecto: para construir un rasgo ventajoso debe existir previamente una variación genética, y luego, para preservarlo, es necesaria la selección natural. Como la variación genética se produce al azar, y no está dirigida preferencialmente hacia los rasgos ventajosos, el proceso darwiniano avanza con lentitud. La evolución cultural no sólo es rápida; también es fácilmente reversible porque sus productos no están codificados en nuestros genes.

Los argumentos clásicos del determinismo biológico fracasan porque los caracteres que invoca para establecer diferencias entre grupos son por lo general productos de la evolución cultural. Los deterministas buscaron pruebas en caracteres anatómicos creados por la evolución biológica. Pero trataron de emplear la anatomía para hacer inferencias acerca de unas capacidades y conductas que ellos vinculaban con la anatomía, y que nosotros consideramos de origen cultural. Para Morton y Broca, la capacidad craneal en sí tenía tan poco interés como las variaciones en la longitud del dedo medio del pie; sólo les interesaban por las características mentales supuestamente asociadas con las diferencias en el tamaño cerebral medio de los distintos grupos. Ahora creemos que las distintas actitudes y los distintos estilos de pensamiento entre los grupos humanos son por lo general productos no genéticos de la evolución cultural. En una palabra, la base biológica del carácter único del hombre nos conduce a rechazar el determinismo biológico. Nuestro gran cerebro es el fundamento biológico de la inteligencia; la inteligencia es la base de la cultura; y la transmisión cultural crea una nueva forma de evolución, más eficaz, en su terreno específico, que los procesos darwinianos: la «herencia» y la modificación de la conducta aprendida. Como ha afirmado el filósofo Stephen Toulmin (1977): «La cultura tiene el poder de imponerse a la naturaleza desde dentro».

Reflexiones de alumnos

Fuentes de información

Gould, S. J. (1981). The Mismeasure of Man. New York: W.W. Norton & Co.

Gould, Stephen (1984). La falsa medida del hombre. Barcelona: Bosch. ISBN 9788485855285.